Qué ver en Kioto: templos, barrios tradicionales y consejos.

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Tras pasar un fin de semana recorriendo la zona de los cinco Lagos del Fuji, tocaba seguir rumbo. Nuestro siguiente destino fue Kioto, corazón cultural de Japón, una ciudad donde el pasado y el presente conviven en perfecta armonía.

Kioto fue fundada en el año 794 con el nombre de Heian-kyō, convirtiéndose en la capital imperial de Japón y en el centro político y cultural del país durante más de mil años. Su diseño se inspiró en las antiguas capitales chinas, con una planificación ordenada que reflejaba el ideal de armonía y equilibrio de la época. Desde sus inicios, Kioto fue concebida como el corazón del poder imperial y el lugar donde se desarrollaron muchas de las tradiciones que hoy se asocian con la cultura japonesa.

A lo largo de los siglos, especialmente durante los períodos Heian, Kamakura y Muromachi, Kioto se consolidó como un gran foco artístico e intelectual. Aquí florecieron disciplinas como la poesía, la caligrafía, la ceremonia del té, el ikebana y el teatro Nō, así como importantes corrientes del budismo zen. La ciudad se llenó de templos, santuarios, palacios y jardines que no solo cumplían funciones religiosas o políticas, sino que también buscaban expresar la belleza y la espiritualidad japonesa.

Aunque Kioto sufrió conflictos internos y fue escenario de guerras civiles, como las del período Sengoku, logró reconstruirse una y otra vez. En 1868, con la Restauración Meiji, la capital fue trasladada a Tokio, marcando el fin de su papel político principal. Sin embargo, Kioto mantuvo su relevancia cultural y espiritual. Además, tuvo la fortuna de conservar gran parte de su patrimonio histórico al evitar la destrucción masiva durante la Segunda Guerra Mundial.

Hoy en día, Kioto es considerada el alma tradicional de Japón. Sus barrios históricos, festivales centenarios y más de mil templos y santuarios narran la historia de una ciudad que ha sabido preservar su legado a lo largo del tiempo. Visitar Kioto no es solo recorrer un destino turístico, sino adentrarse en más de mil años de historia viva y descubrir la esencia del Japón más auténtico, ya que conserva templos milenarios, santuarios sintoístas, jardines zen y tradicionales calles de madera que invitan a viajar en el tiempo.

Pusimos rumbo a esta ciudad desde Odawara, donde habíamos dormido. Viajamos en el shikansen, el tren bala. Después de leer y escuchar todas las maravillas de este tren, lo cierto es que no nos pareció para tanto. Es cierto que nosotros hemos cogido el AVE en España en muchas ocasiones y estamos acostumbrados a este tipo de trenes. Poco más de dos horas es lo que nos costó llegar a la estación de Kioto (salida 6:56 y llegada a las 9:06).

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Como el equipaje nos esperaba en el alojamiento, ya que lo habíamos enviado desde Tokio, viajamos bastante cómodos y sin preocuparnos de ir cargados. En Kioto dormiríamos cinco noches, dos en un hotel cerca de la estación y tres en Gion.

El hotel elegido para las primeras noches fue el Richmon Hotel Premier Kyoto Ekimae, a unos cinco minutos de la estación.

Como hemos dicho, Kioto tiene multitud de templos, jardines y lugares interesantes para visitar. Lógicamente ni nos daba tiempo ni pretendíamos ver cada uno de ellos, así que fuimos a los que nos parecieron más interesantes:

Como llegamos pronto, no pudimos hacer el checking, pero dejamos las mochilas que llevábamos y nos fuimos directamente al Templo Daigo-jin. Fuimos en bus, que cogimos mirando en google maps.

El templo Daigo-ji es uno de los complejos templarios más importantes y antiguos de Kioto. Fundado en 874 durante el período Heian por el monje Shōbō (Rigen-daishi), esta joya del budismo de la escuela Shingon ha sido un centro espiritual y cultural durante más de mil años. El emperador Daigo, tras abdicar, se retiró aquí como monje, y el templo tomó su nombre como símbolo de su legado. Daigo-ji también forma parte de los sitios declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en Kioto.

Daigo-ji es un conjunto extenso que mezcla naturaleza, historia y arquitectura tradicional, con muchos lugares interesantes para ver:

  • Pagoda de cinco pisos: Construida en 951, es la estructura de madera más antigua de la prefectura de Kioto y uno de los símbolos del templo.
  • Sanbō-in: Subtemplo famoso por su espectacular jardín paisajístico diseñado en el período Azuchi-Momoyama.
  • Reihōkan Museum: Museo con tesoros culturales (esculturas, pinturas y objetos religiosos).
  • Garan (zona principal): Incluye el Salón Dorado y otros edificios históricos.
  • Kami-Daigo (parte alta): Si te animas a subir, desde la montaña hay rutas de senderismo con vistas preciosas y santuarios más tranquilos.

En noviembre, que es cuando fuimos nosotros, es especialmente bello gracias al follaje otoñal , con tonos rojos y dorados que llenan los jardines y paseos.

Hay distintos tipos de entrada, dependiendo de las zonas que se quieran visitar.

Nosotros íbamos buscando un lugar en concreto, que nos encantó en cuanto vimos fotos por primera vez, Bentendo Temple, así que compramos la entrada específica para esa zona.

Nos dirigimos hacia la puerta de entrada por un camino que ya nos daba una ligera idea de lo bonito que sería el interior.

Accedimos por la Puerta Niōmon, una de las entradas más imponentes del complejo y que marca simbólicamente el paso al recinto sagrado. Construida en el siglo XVII, debe su nombre a las dos grandes estatuas de los Niō, feroces deidades guardianas que protegen el templo de los malos espíritus y que están talladas con gran expresividad.

Además de su valor espiritual, la Niōmon destaca por su arquitectura tradicional de madera y por el entorno que la rodea. En otoño, especialmente en noviembre, mes en el que fuimos, la puerta se convierte en uno de los puntos más fotogénicos de Daigo-ji, rodeada de arces teñidos de rojo y dorado. Es un lugar perfecto para comenzar la visita y sentir la atmósfera histórica y solemne de este templo Patrimonio de la Humanidad.

Tras esa primera puerta, hay un pequeño camino bordeado de preciosos árboles.

Al terminar ese corto camino, a mano izquierda nos encontramos con uno de los edificios más importantes del templo Daigo-ji y salón principal de culto, el Kondo (Golden Hall). Reconstruido en el siglo XVI, alberga las principales imágenes budistas y es un claro ejemplo de la arquitectura religiosa japonesa de la época Momoyama, con una presencia solemne y elegante.

Situado en la zona central de Daigo-ji, el Kondō transmite una fuerte sensación de espiritualidad y tradición. Aunque su interior no es accesible, merece la pena acercarse hasta aquí para echar un vistazo a su interior.

Frente al Kondo, está la Daigon-ji Shoro (Bell Tower).

Proseguimos camino y nuestra siguiente visita fue al Godairikisan. No es el lugar más grande del templo de Daigon-ji, pero tiene una gran carga espiritual, lo que hace que sea una parada interesante dentro del recorrido del complejo. El Godairiki-san (Godairiki-son) es una de las deidades más veneradas del templo y está estrechamente ligada a la protección, la fuerza espiritual y la buena fortuna. Representa a Fudō Myōō, una figura poderosa del budismo esotérico Shingon, conocida por su energía protectora y su capacidad para alejar los malos espíritus y las desgracias.

Dede aquí, ya podíamos ver parte de otras de las estructuras más imponentes de Daigon-ji, el Gojūnotō (pagoda de cinco pisos). Es uno de los grandes símbolos del templo y una de las estructuras de madera más antiguas de Kioto. Construida en el año 951, durante el período Heian, ha sobrevivido a siglos de guerras y desastres naturales, convirtiéndose en un valioso testimonio de la arquitectura budista japonesa.

Elegante y perfectamente proporcionada, la pagoda se alza en la zona de Shimo-Daigo. En la época en la que fuimos, el contraste entre la madera oscura del Gojūnotō y los arces teñidos de rojo y dorado la convierte en uno de los rincones más fotogénicos de Daigo-ji, imprescindible para cualquier visita al templo.

Para ir al baño, había un caminito muy cerca de la pagoda, que daba a un lateral del Kyudenpogakuin, que es uno de los edificios históricos vinculados a la familia real japonesa. Este espacio fue utilizado como residencia y lugar de retiro para miembros de la nobleza, aportando al templo un carácter aristocrático además de religioso. No siempre está abierto al público, nosotros solo pasamos por su lado.

Continuamos la visita, pasando por delante del El Sōshi-dō, salón dedicado al fundador del templo, el monje Shōbō (Rigen Daishi), una figura clave del budismo Shingon en Japón. Este edificio rinde homenaje a su legado espiritual y a su papel en el desarrollo de Daigo-ji como uno de los centros religiosos más importantes de Kioto.

De estilo sobrio y tradicional, el Sōshi-dō ofrece un ambiente tranquilo y respetuoso, ideal para comprender la dimensión histórica y religiosa del complejo.

El camino nos condujo hasta Nichigetsu-mon Gate, una puerta secundaria de gran valor simbólico y espiritual. Su nombre significa “Puerta del Sol y la Luna”, haciendo referencia al equilibrio entre fuerzas opuestas, un concepto fundamental en el budismo esotérico Shingon al que pertenece el templo.

De arquitectura tradicional y elegante, la Nichigetsu-mon destaca por su atmósfera tranquila y menos concurrida que otras entradas del complejo. Cruzarla simboliza el paso hacia un espacio de purificación y armonía espiritual.

Unos metros a la izquierda, rodeado de preciosos árboles, encontramos el Shōrō del templo, que es el campanario donde se encuentra la gran campana budista, utilizada tradicionalmente para marcar el paso del tiempo y acompañar los rituales del templo. Su sonido profundo y pausado simboliza la purificación del espíritu y la llamada a la reflexión, un elemento esencial en la vida monástica.

De estructura sencilla y elegante, el Shōrō se integra de forma natural en el paisaje del templo. Aunque suele pasar desapercibido frente a edificios más monumentales, es un punto interesante para comprender la vida cotidiana y espiritual de Daigo-ji.

Un poco más adelante, el Kannondo, que es un salón dedicado a Kannon, la deidad budista de la compasión y la misericordia. Este espacio es un importante lugar de oración para quienes buscan protección, salud y consuelo espiritual, reflejando uno de los aspectos más humanos y cercanos del budismo japonés.

De arquitectura sobria y armoniosa, el Kannon-dō invita al recogimiento y a la contemplación. Aunque no es uno de los edificios más llamativos del complejo, su valor espiritual es profundo.

Y con muchas ansias, nos dirigimos hacia el sitio más bonito, al menos para nosotros, de todo el complejo: Bentenike y el templo de Bentendō.

Bentenike es el estanque sagrado del templo Daigo-ji, mientras que el Bentendō, es un pequeño pabellón dedicado a Benzaiten, deidad asociada a la sabiduría, las artes, la música y la prosperidad. Se encuentra integrado en un entorno natural tranquilo que refuerza su carácter espiritual y contemplativo.

Aunque es más modesto que otros edificios del templo, el Bentendō destaca por su ubicación junto al agua, un elemento tradicional en los santuarios dedicados a Benzaiten. En noviembre, que es cuando fuimos, el entorno se vuelve aún más atractivo gracias a los colores del follaje, convirtiéndolo en uno de los rincones más fotogénicos de todo el complejo. La verdad es que es una auténtica preciosidad.

Tras pasar un buen rato aquí, dimos por concluida la visita a esta zona de Daigon-ji y nos fuimos al parking, donde esperamos a que llegara el siguiente autobús y regresamos sobre nuestros pasos.

Ya era hora de hacer el checking en el hotel, el Richmon Hotel Premier Kyoto Ekimae. Habitación amplia para el estándar de Japón, bien situado.

Para comer, de nuevo nos apetecía sushi, así que elegimos un local que tenía bastante buena pinta. No nos equivocamos.

Como última visita programada del día habíamos reservado entrada para una experiencia muy curiosa: TeamLab Biortex Kyoto.

Este centro de arte inmersivo, exhibe más de 50 obras hechas con materiales inusuales en el arte convencional. Ubicado en un edificio de cuatro plantas, se encuentra a pocos minutos andando de la estación JR de Kioto. Llevaba muy poco tiempo abierto, apenas un mes, así que compramos las entradas con antelación porque se había convertido en una actividad muy demandada.

  • Dirección: 21-5 Higashikujo Higashi-Iwamotocho, Minami-ku, Kioto. No hay estacionamiento propio para coches o motocicletas.
  • Horario: Abierto de 09:00 a 21:00, siendo la última entrada a las 19:30 horas.
  • Precio: Adultos a partir de 3600 JPY. https://www.teamlab.art/e/kyoto/

Después de visitar Hikone durante nuestro segundo día en Kioto, decidimos aprovechar la tarde y acercarnos hasta el Higashi Hongan-ji. Este templo está en pleno corazón de la ciudad, a pocos minutos a pie desde la estación central y a poco más de cinco minutos de nuestro alojamiento.

Por desgracia, no llevamos las cámaras de fotos, así que la calidad de las que ponemos a continuación, hechas con los teléfonos móviles, no es igual de buena que las habituales.

Este es uno de esos lugares que te bajan el ritmo casi sin darte cuenta, de ambiente relajado y con menos multitudes que otros que visitamos. Su nombre significa “Templo del Voto Original del Este” y pertenece a la escuela Jōdo Shinshū, una de las corrientes más influyentes del budismo japonés.

El templo del fundador de la secta se encuentra casi en el centro del recinto del templo. Es un importante edificio que sirve como centro de culto para la secta Otani del budismo Shinshu y alberga la estatua de su fundador, Shinran Shonin. Con 76 m de ancho frontal, 58 m de lado y 38 m de altura, es uno de los edificios de madera más grandes del mundo. En 2019, fue declarado Bien Cultural de Japón.

Lo primero que impresiona es su escala. El enorme Goei-dō, el salón principal, es una de las estructuras de madera más grandes del mundo. Al entrar, el olor a incienso, la luz suave que se filtra y el silencio respetuoso crean una atmósfera casi hipnótica. No es un templo abarrotado de turistas haciendo fotos sin parar: aquí verás a fieles rezando, monjes caminando con calma y viajeros que, como tú, se quedan quietos más tiempo del previsto.

El Higashi Hongan-ji tiene una historia marcada por incendios y reconstrucciones. La actual estructura data del siglo XIX, y saber que fue levantada sin usar clavos, solo con complejas uniones de madera, añade aún más admiración al conjunto. Frente al edificio principal suele haber un gran quemador de incienso: un gesto sencillo, como ofrecer una varilla y observar el humo elevarse, se convierte en un pequeño ritual que conecta con la vida cotidiana japonesa.

Quizá lo mejor de este templo es que no cobra entrada y no exige nada a cambio, solo respeto y curiosidad. Solo hay que pagar si se quiere entrar y subir por la puerta Goei Domon. Con unas dimensiones frontales de 21 m, laterales de 13 m y una altura de 27 m, es una de las puertas de templo de madera más grandes del mundo y se dice que es la puerta doble de madera más alta de Japón. Es una estructura de varios pisos, y en el último se encuentra una placa con el nombre oficial de Higashi Honganji, “Shinshu Honbyo”. Alberga una tríada de estatuas de Shaka Nyorai, el bodhisattva Maitreya y Ananda (normalmente cerradas al público), que representan una escena del “Sutra de la Vida Inconmensurable del Buda”, la escritura fundamental de la secta Jodo Shinshu.

Es un lugar ideal para empezar o terminar la visita a Kioto, especialmente si se acaba de llegar en tren. Entre rascacielos modernos y calles transitadas, el Higashi Hongan-ji es un recordatorio elegante de que en Japón lo espiritual y lo cotidiano conviven puerta con puerta.

Consejo viajero: entra descalzo si accedes a las salas interiores, habla en voz baja y tómate unos minutos para sentarte. A veces, el mejor recuerdo de un viaje no es una foto, sino una sensación.

  • Dirección: Karasuma Shichi-jō, Shimogyō-ku, Kyoto, Kyoto 600-8505, Japón.
  • Horario:
    • De marzo a octubre: Abierto de 05:50 a 17:30 horas.
    • De noviembre a febrero: Abierto de 06:20 a 16:30 horas.
  • Precio: Entrada gratuita excepto si se quiere subir la puerta Goei Domon (1000JPY).
  • Cómo llegar: Justo al norte de la estación de tren de Kioto, a unos 7 minutos a pie desde allí, o unos 5 minutos caminando desde la estación de metro Karasuma-Gojo.

El tercer día de nuestra estancia en Kioto, lo comenzamos, como no, madrugando de nuevo. Tocaba visitar uno de los lugares más conocidos y visitados de todo Japón: Fusimi Inari Taisha.

Llegar hasta allí es muy sencillo en tren. Desde la estación de Kioto, basta con subirse a la línea JR Nara. No hace falta shinkansen ni complicaciones: un tren local y, en apenas cinco minutos, llegas a Inari Station. A pesar de ser muy temprano, el tren iba ya abarrotado, así que nos hicimos una idea de lo que nos íbamos a encontrar nada más bajar.

Literalmente, las puertas del tren se abren y el santuario aparece frente a ti, como si alguien hubiera decidido colocar un lugar sagrado justo al borde de las vías para recordarte que aquí lo extraordinario convive con lo cotidiano.

Nada más salir, el aire cambia. Hay olor a incienso, a comida callejera, y un murmullo constante de visitantes mezclado con el canto de los pájaros. Al fondo, la primera gran puerta torii marca el inicio del camino. Y efectivamente, ya había mucha gente.

Fushimi Inari Taisha está dedicado a Inari, deidad del arroz, la prosperidad y los negocios. Por eso, a lo largo del recorrido verás incontables estatuas de zorros (kitsune), los mensajeros del dios, muchos de ellos con llaves en la boca, símbolo de los graneros donde se guarda el arroz.

Pero lo que realmente define este lugar son los miles de torii rojos que se alinean formando túneles interminables. Cada uno ha sido donado por empresas o particulares, y si te fijas bien, verás inscripciones negras con nombres y fechas en la parte trasera. Caminar por allí es hipnótico: el rojo intenso lo invade todo y el mundo exterior parece desvanecerse.

El recorrido completo asciende por el Monte Inari, y aunque mucha gente se queda en los primeros tramos, lo mejor es seguir subiendo. No hace falta llegar a la cima si no apetece; lo bonito de este lugar es que puedes marcar tu propio ritmo.

A medida que se avanza, la multitud se va diluyendo. El sonido de las cámaras desaparece, los pasos se espacian y se empieza a escuchar el crujir de la grava bajo los pies.

Hay pequeños santuarios secundarios, linternas de piedra cubiertas de musgo y miradores improvisados desde donde se ven los tejados de Kioto a lo lejos.

Durante la subida encontrarás casetas de té tradicionales, algunas abiertas desde hace décadas. Es el lugar perfecto para hacer una pausa, beber algo caliente o probar un inari sushi, ese tofu dulce relleno de arroz que nació, cómo no, bajo la protección del dios Inari.

También podemos encontrar un pequeño bosque de bambú, siguiendo un pequeño camino que sale a la derecha, en la zona donde comienza el laberinto de los toriis.

Regresamos a la zona de los toriis y emprendimos el camino de vuelta. De nuevo, vimos muchas estatuas de zorros (kitsune).

Si cuando llegamos a Fushimi Inari-taisha ya había mucha gente, cuando nos íbamos, llegaban hordas. No me quiero imaginar como sería el paseo dentro de los toriis.

  • Dirección: 68 Fukakusa Yabunouchicho, Fushimi Ward, Kyoto, 612-0882, Japón
  • Horario: Abierto las 24 horas del día.
  • Precio: Gratuito.
  • Cómo llegar en tren: Desde la estación de Kioto, hay que tomar la línea JR Nara dirección Nara/Uji y bajarse en la estación de FusHimi inari. Precio de 150 JPY.
  • Consejo: Llegad lo más pronto que podáis para evitar masificación. Calzado cómodo y algo de agua si se quiere subir hasta arriba del todo.

Tocaba continuar camino, y nuestra siguiente parada era Nara, de la que habláremos en un post aparte.

Después de regresar el día anterior de Nara, cambiamos de hotel. Decidimos alojarnos en Gion, para estar cerca de algunos de los templos más importantes de Kioto: nos quedamos tres noches en el APA Hotel Kyoto Gion Excellent. Las habitaciones son más grandes que en el APA de Tokio (que no recomendamos en absoluto) y la ubicación es insuperable.

Como ya estábamos más que hartos de las masificaciones en todos los sitios, nos propusimos madrugar aún más para salir y visitar esta zona lo más tranquilos posible los dos días que nos quedaban en la ciudad.

Así pues, nada más amanecer salí hacia el Santuario Yasaka, apenas a cincuenta metros del APA. Era tan temprano que la luz aún no era buena, pero al menos no había casi gente, tan solo algún loco como yo. Jesús se me uniría más tarde, lo de madrugar se le da peor…

El Santuario Yasaka, ubicado en el corazón de Kioto, junto al histórico barrio de Gion, es uno de los templos sintoístas más antiguos y representativos de Japón. Fue fundado en el año 656 y está dedicado principalmente a Susanoo-no-Mikoto, deidad asociada a la protección, la purificación y el control de enfermedades. Desde sus orígenes, el santuario tuvo un papel fundamental en la vida espiritual de la ciudad, especialmente como lugar de oración durante épocas de epidemias.

A lo largo de los siglos, Yasaka se consolidó como un punto central de las tradiciones locales. De él nace el famoso Gion Matsuri, uno de los festivales más importantes y antiguos de Japón, que se celebra cada mes de julio desde hace más de mil años y llena las calles de Kioto con desfiles, música y carrozas tradicionales.

Antes incluso de entrar oficialmente al santuario, lo primero que me recibió fue la puerta Nishiromon, una de las entradas principales. Imponente pero armoniosa, marca ese punto exacto donde la ciudad moderna se diluye y comienza el espacio sagrado. Aquí ya se nota que el Santuario Yasaka no es solo un lugar para visitar: es un punto vivo, profundamente conectado con la historia de Kioto.

Pasé al interior donde vi la fuente de la abluciones o Temizuya, que marca el primer gesto importante: la purificación. En esta fuente de agua, los visitantes se lavan manos y boca como símbolo de limpieza física y espiritual. Es un ritual sencillo, pero también una pausa que invita a dejar fuera el ruido y entrar al santuario con calma y respeto.

Una vez que dejé la fuente atrás, seguí un camino hacia la derecha en cuesta y enseguida me di cuenta de que el lugar esta lleno de pequeños santuarios o yashiro. Apenas anduve unos pasos, hasta toparme con Eki-jinja, que es un pequeño santuario auxiliar dedicado a la protección contra enfermedades. Es un lugar discreto y sencillo, aquí muchos locales se detienen a rezar por la salud y el bienestar, recordando el origen del propio Yasaka y del Gion Matsuri, nacido como ritual para ahuyentar epidemias.

Al lado, encontramos este otro santuario, Ota-sha. En este pequeño santuario están consagradas las deidades Sautahiko (símbolo de fuerza y patrón de las artes marciales) y Uzume (deidad del alba, el júbilo y la juerga, patrona de los actores y las artes escénicas).

Cerca, el santuario Okuni-sha, dedicado al amor.

Sigo caminando y justo antes de los escalones que llevan al complejo central, vemos Ebisu-sha, un pequeño santuario dedicado a Ebisu, dios de la prosperidad y los negocios. Su particularidad es que mira hacia el norte, algo poco habitual, ya que la mayoría de los santuarios suelen orientarse al sur.

Es un rincón muy popular entre comerciantes y emprendedores, que se acercan aquí para pedir buena fortuna y éxito en su trabajo.

Proseguí mi camino, dejando algunos pequeños santuarios detrás y me dirigí al patio central del santuario, la zona más popular. Aquí encontramos el Buden y el Honden.

El Honden es salón principal del santuario Yasaka. Este edificio tiene 15 metros de alto y un techo hecho enteramente de ciprés japonés hinoki. La estructura original es una reconstrucción de 1654 y, según la leyenda, debajo del Honden hay un estanque sin fondo en el que reside un dragón azul, guardián de la antigua ciudad de Kioto.

Este salón principal es único ya que el tejado cubre tanto el salón de plegarias (Haiden) como el salón principal (Honden), fundiéndolos en uno solo.

Frente a dicho edificio está el Buden, un escenario para danza kagura con decenas de faroles o linternas de papel que se encienden al caer la noche. Cada linterna de papel lleva el nombre de una empresa local benefactora que ha donado dinero al santuario para pedir éxito en los negocios. Tan solo una linterna lleva el antiguo nombre del santuario de Gion.

El Buden también se usa como lugar de eventos y celebraciones y es frecuente ver bodas según el rito sintoísta.

A este patio central, se puede acceder directamente desde la puerta Minami-romon. Entre esta puerta y el Buden, hay otra fuente de purificación.

A unos metros por detrás, dando a la calle, un enorme Torii parece vigilar todo el santuario.

Una vez de vuelta al patio central, seguí paseando por Yasaka. Dejé atrás la Torre del Rejoj y Gion-sha Seiryū Sekichū.

Muy cerca se encuentra el agua de los dioses o goshin sui, un pozo lleno de agua de las montañas cercanas.

El santuario Akuōji-sha  está dedicado a la deidad sintoísta del mar y las tormentas, Susanoo. 

En el santuario Utsukushi-gozensha se encuentran consagradas las tres diosas Munakata. Una de ellas, la diosa Ichikishimahime Mikoto es de especial belleza, siendo la diosa de la belleza, el entretenimiento y la fortuna.


Enseguida encontramos la puerta Higashimon, con salida directa al parque Maruyama.

Entré de nuevo al santuario. Toda una hilera de pequeños santuarios se descubrían ante mi.

Pasé por el santuario Hie-sha dedicado a la deidad de las montañas. Justo al lado está el santuario Ishi-sha dedicado a los forjadores de espadas de antaño y la prosperidad de la industria de los cuchillos y espadas japoneses. Este santuario forma parte del santuario Hamono, que es el lugar de origen de la cubertería y los cuchillos en Japón, pues fue aquí donde los artesanos de Kioto desarrollaron sus técnicas de cuchillería.

Justo al lado, Itsukushimasha, dedicado a la princesa Ichikishima, una de las tres diosas Munakata.

El santuario Sorei-sha está dedicado a los espíritus de los antiguos sacerdotes del santuario Yasaka.

Volví al patio central, ya que Jesús venía de camino a Yasaka. Hicimos fotos a santuarios que antes había pasado de largo.

Santuario Ju-sha, en el que se encuentran consagradas varias deidades.

Ōtoshi Shrine, de gran importancia durante las festividades del Setsubun.

Con Jesús volví a dar una vuelta entera al santuario Yasaka, para que él también lo pudiera disfrutar. Por suerte, aún estaba muy tranquilo y apenas había visitantes. Después, fuimos hasta la puerta Higashimon, para pasar al parque Maruyama y proseguir con las visitas.

Después de visitar el santuario Yasaka y antes de seguir conociendo más templos, hicimos una parada en el estanque del parque Maruyama.

Este estanque es uno de los rincones más tranquilos y fotogénicos de la ciudad. Forma parte de un parque inaugurado a finales del siglo XIX, diseñado siguiendo los principios del paisajismo tradicional japonés, donde cada elemento busca armonía y equilibrio.

El estanque está rodeado de senderos, pequeños puentes, rocas y una cuidada vegetación que cambia de aspecto con las estaciones. En primavera, los cerezos en flor convierten el lugar en uno de los puntos más populares de Kioto para el hanami, con los reflejos de las flores sobre el agua creando una atmósfera especialmente romántica. Durante el otoño, los arces tiñen el paisaje de tonos rojos y dorados, ofreciendo una experiencia más tranquila y contemplativa, que es precisamente con lo que nos encontramos.

La verdad es que el colorido era precioso, así que estuvimos un buen rato haciendo fotografías.

Además de su valor paisajístico, el estanque es un punto de encuentro para locales y viajeros que buscan un descanso del bullicio urbano. Ya sea para pasear, tomar fotografías o simplemente sentarse a observar el entorno, el estanque del Parque Maruyama representa un pequeño oasis de calma y belleza tradicional en Kioto.

Nuestra siguiente parada fue Chionin Sanmon Gate. Aunque forma parte del templo Chion-in, es tal su belleza, que le dedicamos un apartado para ella sola.

Al borde del barrio de Higashiyama, se alza esta imponente puerta, una de las puertas de madera más grandes de todo Japón. Más que una simple entrada, este coloso arquitectónico funciona como un umbral simbólico: cruzarlo representa dejar atrás el mundo terrenal para adentrarse en el camino espiritual del budismo de la Tierra Pura (Jōdo-shū). Ya desde lejos se ve su majestuosidad.

Construida en 1619, la Sanmon mide aproximadamente 24 metros de alto y 50 de ancho, y su tamaño impresiona incluso antes de conocer su historia. Tiene una estructura de cinco tramos y tres puertas, con una puerta doble de dos pisos y un tejado a dos aguas cubierto de auténticas tejas japonesas (70.000). Catalogado con Tesoro Nacional, su interior no está abierto al público.

El piso superior (rojo) es una sala budista, con una estatua coronada de Shaka Nyorai en el centro y dieciséis estatuas de arhats (ambas Patrimonios Culturales Importantes) a los lados. El techo, los pilares y las paredes están pintados en brillantes colores con karyobinga, doncellas celestiales y dragones voladores. También hay un sencillo ataúd de madera, una de las Siete Maravillas, donde se veneran estatuas de madera de Gomi Kin’emon y su esposa, la magistrada de la construcción encargada de la Puerta Sanmon.

Desde allí, en días claros, se obtienen vistas preciosas del complejo del templo y de la ciudad de Kioto extendiéndose a lo lejos.

La puerta no solo destaca por sus dimensiones, sino también por su carga simbólica y cultural. En la tradición japonesa, la Sanmon representa las tres liberaciones espirituales: vacío, ausencia de forma y ausencia de deseo. Además, los enormes pilares y el tejado curvado de estilo clásico transmiten una sensación de solemnidad y equilibrio que invita a bajar el ritmo y observar con atención cada detalle.

Visitar la Sanmon Gate es especialmente recomendable al atardecer o durante la temporada del momiji (otoño), cuando los colores rojizos de los arces contrastan con la madera oscura de la estructura.

Tras cruzar la puerta Sanmon, una amplia escalinata de piedra conduce al interior del templo Chion-in. No es una escalera cualquiera: su tamaño, su pendiente suave y su posición estratégica hacen que funcione como una transición física y espiritual entre el mundo exterior y el espacio sagrado.

La escalera fue diseñada para ser ceremonial, no defensiva. Sus escalones anchos y poco elevados permiten subir con calma, invitando a avanzar de forma pausada, casi meditativa. En la tradición budista, este tipo de ascensos simboliza el camino hacia la iluminación, paso a paso, sin prisas ni atajos.

La escalera también cumple una función estética clave: crea un eje visual poderoso. Al mirar hacia atrás desde lo alto, la Sanmon aparece enmarcada de forma perfecta, mientras que, al mirar hacia arriba, se siente cómo el templo se va revelando poco a poco.

Una vez arriba, nos damos de bruces con los edificios del complejo.

El templo Chion-in es uno de los complejos budistas más importantes de Kioto y la sede principal de la escuela Jōdo-shū, una de las ramas más populares del budismo japonés. Está dedicado a Hōnen, el monje que en el siglo XII difundió la enseñanza de la Tierra Pura, basada en la recitación del nembutsu (“Namu Amida Butsu”) como vía hacia la salvación. Chion-in fue establecido oficialmente en 1234, aunque muchas de sus estructuras actuales datan del período Edo, cuando recibió un fuerte apoyo del shogunato Tokugawa.

El extenso recinto del templo Chion-in está formado por varios edificios monumentales y otros más discretos, distribuidos en distintos niveles de la colina de Higashiyama. Cada uno cumple una función específica dentro de la vida religiosa del templo y ayuda a comprender la importancia histórica y espiritual del complejo.

Tras la puerta se accede al Mieidō o Hondō, el salón principal del templo. Este enorme edificio es uno de los mayores de Kioto y está dedicado a Amida Buda. Aquí se celebran las ceremonias más importantes de la escuela Jōdo-shū y es el verdadero corazón religioso de Chion-in. Es una maravilla de edificio que nos enamoró y donde nos quedamos mucho tiempo haciendo fotos.

Este edificio está conectado con otro, Amida Do, mediante una pasarela cubierta.

La imagen principal de esta sala es una gran estatua sedente del Buda Amida, de 2,7 metros de altura.

Junto al salón principal se encuentra el Daishōrō, la famosa campana del templo, una de las más grandes de Japón. Cada Año Nuevo es golpeada 108 veces por un grupo de monjes, en un ritual que simboliza la purificación de los deseos humanos.

Frente a las escaleras de acceso a la sala Mieidō, al otro lado de la plaza, está este otro edificio.

Otro de los edificios más grandes es el Repositorio de Escrituras, cerrado al público. El depósito de sutras, fue construido en 1621, el mismo año que la Puerta Sanmon. El interior, con sus techos, pilares y paredes decorados por artistas de la escuela de Kano, también cuenta con un almacén octogonal en forma de rueda que alberga aproximadamente 6000 volúmenes del Song-ban Ise-kyo, un texto canónico budista.

Otro lugar que nos gustó mucho fue éste. El colorido de los árboles en pleno noviembre y el puente que llevaba hasta él, lo hacían muy fotogénico.

En la parte más elevada del recinto se sitúan varios salones secundarios y subtemplos, así como el Seishidō y el Shōrō, rodeados senderos más tranquilos y jardines, como el Yuzenen y el Jardín Rojo (requieren entrada). Estas zonas, menos visitadas, ofrecen una experiencia más serena y permiten apreciar la dimensión contemplativa del templo. A esas zonas ya no fuimos porque empezaba a haber demasiada gente y queríamos continuar las visitas.

  • Horarios:
    • Las puertas abren de 06:00 a 16:00 horas. El horario de apertura puede variar según los eventos y servicios conmemorativos.
    • Horario jardines:
      • Yuzenen: De 09:00 a 16:00 horas.
      • Jardín Rojo: De 09:00 a 15:30 horas.
  • Precios: Consultar en https://www.chion-in.or.jp/guide/
  • Dirección: 400 Hayashishita-cho, Higashiyama-ku, Kioto 605-8686
  • Cómo llegar en transporte público: Se encuentra en la zona de Higashiyama, al este de Kioto, muy cerca del barrio de Gion, por lo que es fácil de combinar con otras visitas.
    • La forma más sencilla es tomar el metro hasta la estación Higashiyama (línea Tōzai). Desde allí, el templo está a unos 10 minutos a pie, siguiendo las indicaciones hacia Chion-in y el parque Maruyama.
    • También se puede llegar en autobús urbano, bajando en las paradas Chion-in-mae o Gion, ambas a pocos minutos caminando de la entrada principal.

Nuestro siguiente destino fue Heian Jingū, al que llegamos caminando.

Lo primero que nos encontramos es el Heian-Jingu Shrine Grand Torii que cruza de lado a lado la carretera y que es uno de los más grandes de todo Japón.

Es la entrada perfecta para toda esta zona de la ciudad, donde están, además del templo, el Museo Nacional de Arte Moderno, el Museo Municipal de Arte de Kioto, el Museo de Arte y Diseño o la Biblioteca, entre otros edificios.

Poco a poco nos vamos acercando y empezamos a ver el santuario de lejos. De pronto, un grupo de escolares nos llama y nos pide permiso para hacernos una encuesta sobre el turismo en Kioto. Después de ayudarles en este trabajo escolar, se hicieron unas fotos con Jesús.

Heian Jingū fue construido en 1895 para conmemorar el 1100 aniversario de la fundación de Kioto, entonces llamada Heian-kyō, y rendir homenaje a los emperadores Kammu y Kōmei. Su diseño está inspirado en el Palacio Imperial del periodo Heian, combinando tradición y monumentalidad.

Al llegar a Heian Jingū, la mirada se detiene primero en su Ōten-mon, la puerta principal y primera impresión del santuario. Su intenso color rojo y su estilo inspirado en los palacios del periodo Heian marcan el paso del mundo cotidiano al espacio sagrado.


Al cruzar esta puerta, entramos en el complejo propiamente dicho del santuario Heian, un espacio muy amplio. A izquierda y derecha están las puertas laterales Nishi-mon y Higashi-mon y al lado de las puertas laterales, los salones Gakuden y Kaguraden.

Y justo después encontramos la plataforma Ryubi-dan, que divide el complejo en dos partes, la parte exterior y la parte interior de acceso al santuario propiamente dicho.

Al otro extremo del complejo encontramos las torres Byakko-rō y Sōryu-rō. Ambas torres son torreones de vigilancia de color bermellón con cuatro esquinas.

Finalmente llegamos al salón exterior Daigoku-den, un precioso edificio de color bermellón que al cruzarlo se llega al santuario interior Naihai-den, un edificio de madera con techos de cobre y que da acceso al salón principal Honden.

A continuación, pagamos la entrada para entrar a ” la joya de la corona ” de Heian Jingū, sus jardines (600 JYP). Son uno de los grandes tesoros ocultos de Kioto y una visita imprescindible si se busca tranquilidad y belleza en estado puro. Diseñados a finales del siglo XIX, estos jardines rodean el santuario y ofrecen un contraste perfecto entre arquitectura monumental y naturaleza cuidadosamente armonizada.

Divididos en varias áreas conectadas por senderos, los jardines están llenos de estanques, puentes de piedra y pasarelas cubiertas, donde el agua actúa como elemento central. Los reflejos de los edificios, los árboles y el cielo crean escenas que parecen pinturas en movimiento, cambiando con la luz y las estaciones.

Como no, no paramos de hacer fotos en varias localizaciones. Como fuimos en noviembre, los arces tiñen el jardín de rojos y dorados, ofreciendo unas imágenes cautivadoras.

Más que un simple espacio verde, los jardines de Heian Jingū están pensados para la contemplación tranquila. Aquí el tiempo parece detenerse, invitando a caminar despacio, sentarse junto al agua y dejar que Kioto se revele en su faceta más serena y elegante.

  • Dirección: 97 Nishitennocho Okazaki, Sakyo-ku, Kioto 606-8341.
  • Horario: Las puertas abren a las 06:00 y el acceso al santuario finaliza a las 18:30 horas. El horario de cierre y el acceso al santuario varían según la temporada. Consultar en su página web: https://www.heianjingu.or.jp/attention/
  • Precio: Gratuita, excepto para visitar los jardines, que el precio es de 600 JPY.
  • Cómo llegar en transporte público:
    • Aproximadamente a 30 minutos de la estación JR de Kioto. Rutas de autobús urbano 5, 100 y 110: bájese en “Okazaki Park Museum/Heian Shrine Front” y camine 5 minutos hacia el norte.
    • Aproximadamente a 20 minutos de la estación Hankyu Kawaramachi. Rutas de autobús urbano 5, 46 y 32: bájese en “Okazaki Park Museum/Heian Shrine Front” o “Okazaki Park Rohm Theatre Kyoto/Miyako Messe Front” y camine 5 minutos hacia el norte.
    • Aproximadamente a 25 minutos de Gion/Kiyomizu-dera:
      • Rutas de autobús urbano 201, 203 y 206: Bájese en la salida Higashiyama Nijo/Parque Okazaki y camine 5 minutos hacia el este.
      • Ruta de autobús urbano 100: Bájese en la salida Museo del Parque Okazaki/Heian Jingu-mae y camine 5 minutos hacia el norte.
    • La estación más cercana al Santuario Heian:
      • A 10 minutos a pie desde la salida 1 de la estación Higashiyama en la línea de metro Tozai.
      • A 15 minutos a pie desde la estación Sanjo o la estación Jingu-Marutamachi en la línea Keihan Oto.

Nuestro siguiente destino fue este templo, al que llegamos caminando desde el Heian Jingū.

Eikandō, también conocido como Zenrin-ji está situado en una tranquila zona al este de la ciudad, y es famoso por una razón muy clara: aquí el otoño alcanza uno de sus momentos más espectaculares. Y la verdad es que los jardines son una auténtica preciosidad, nos volvimos locos haciendo fotos. Es más, como os daréis cuenta, apenas hicimos caso al templo en sí, sino que nos centramos sobre todo en los jardines.

Eikandō fue fundado en el siglo IX y pertenece a la escuela budista Jōdo. Aunque hace años debió de ser un remanso de paz y tranquilidad, lo cierto es que cuando fuimos ya estaba abarrotado de gente.

Sus edificios de madera, conectados por pasillos elevados, invitan a recorrer el recinto despacio, disfrutando de las vistas al jardín, eso sí, cuando encuentras un hueco. Subimos hasta la pagoda, pero las vistas no nos parecieron nada del otro mundo, así que bajamos enseguida y seguimos haciendo más y más fotos en los jardines.

Como habéis podido comprobar, Eikandō es precioso durante el momiji, el cambio de color de las hojas en otoño. Durante esta estación, los arces tiñen el templo de rojos, naranjas y dorados, creando un paisaje que parece sacado de una postal. Al atardecer, y especialmente durante las iluminaciones nocturnas, el templo se transforma en un escenario casi mágico, con reflejos en el estanque y una atmósfera difícil de olvidar. No lo pudimos comprobar porque nos fuimos mucho antes de que anocheciera.

  • Dirección: 48 Eikandocho, Sakyo Ward, Kyoto, 606-8445, Japón.
  • Precio:
    • Adultos: 600 JPY.
    • Estudiantes entre 6 y 18 años: 400 JPY.
    • Grupos de más de 30 personas: Adultos (500 JPY), estudiantes (350 JYPY).
    • Temporada de otoño/iluminación: entrada diurna sube a 1000 JPY.
  • Horario:
    • Abierto de 09:00 a 16:00 horas (cierra a las 17:00 horas).
    • Durante el otoño (momiji) hay a menudo iluminaciones nocturnas y horarios especiales por la tarde-noche (aprox. 17:30-21:00 en esa época).
  • Cómo llegar en transporte público:
    • Desde la estación de Kioto:
      • 🚍 Autobús urbano (línea 5) → parada Nanzenji-Eikando-michi → caminando unos 3 minutos.
      • 🚍 Alternativas: Bus 100 y otros pueden dejarte en paradas cercanas (p. ej., Higashi Tennō-chō).
    • Metro + paseo:
      • Desde Kyoto Station toma la línea de metro Karasuma hasta Karasuma-Oike.
      • Cambia a la línea Tozai y bájate en Keage Station.
      • Desde allí hay unos 15 minutos caminando hasta Eikandō

Hazen-ji no suele aparecer como uno de los templos imprescindibles para ver en Kioto, que se caracteriza por sus grandes templos. Pero Nazen-ji nos quedaba relativamente cerca del templo de Eikandō, así que nos acercamos dando un bonito paseo.

Nada más llegar, la sensación es de recogimiento. Hazen-ji no busca impresionar con monumentalidad, sino con sencillez y cercanía. Su arquitectura modesta y su entorno tranquilo invitan a bajar el ritmo, a observar los detalles y a dejar que el lugar se revele poco a poco. Modesta hasta cierto punto, porque la puerta San-mon, que da acceso al complejo central, es una de las tres más grandes de la ciudad.

El interior del recinto transmite una calma profunda. Cada rincón parece pensado para la contemplación, como si el templo existiera para recordarte que Kioto también se entiende desde lo pequeño y lo cotidiano.

Fuimos recorriendo el enorme complejo sin ninguna prisa. Había mucha gente, pero eso ya era la tónica habitual del viaje y de la mayoría de las visitas.

Preciosa la puerta que da acceso al salón Hojo.

No habíamos leído nada de este templo, así que nos extrañó mucho encontrar un acueducto. Luego nos enteramos de que formaba parte del sistema de canales que conectaban la zona del lago Biwa con la ciudad de Kioto.

Es un lugar perfecto para hacer una pausa durante el viaje, sentarse un momento y simplemente estar. En pleno noviembre, el colorido de los árboles era precioso.

Dimos por concluidas las visitas diurnas y nos fuimos hasta el hotel, para dejar las mochilas y salir a comer.

  • Dirección: 86 Nanzenji Fukuchi-cho, Sakyo Ward, Kyoto 606-8435, Japón.
  • Horario:
    • Del 1 diciembre – 28 febrero: De 08:40 a 16:30 horas.
    • Del 1 marzo – 30 noviembre: De 08:40 a 17:00 horas.
  • Precio: https://nanzenji.or.jp/about_rinzaishu/visit
  • Cómo llegar en transporte público:
    • Metro + caminata:
      • La forma más cómoda y rápida desde el centro de Kioto es usar el metro:
      • Toma la línea de metro Tozai (línea este-oeste) hasta la estación Keage.
      • Desde la salida, hay un camino de unos 7–10 minutos a pie hasta la entrada del templo.
    • Autobús + caminata:
      • Si prefieres el bus o estás en zonas sin metro directo:
      • Toma el autobús de la ciudad de Kioto (por ejemplo, la línea nº 5) y bájate en la parada Nanzenji-Eikando-michi o Nanzenji / Eikando-michi.
      • Desde esa parada hay unos 10 minutos caminando hasta Nanzen-ji.

Tras un merecido descanso después de comer, ya de noche, salimos a pasear un rato por el barrio de Gion y terminamos en la zona alrededor del canal de Shirawaka.

Situado en el barrio de Gion, este pequeño canal serpentea entre casas tradicionales, sauces llorones y antiguos restaurantes, creando una de las estampas más delicadas de la ciudad.

Al caer la tarde, como era el caso, las luces suaves de los restaurantes y el murmullo del agua aportan una atmósfera íntima y especial.

Un rincón perfecto para descubrir el lado más sereno y elegante de Kioto, donde cada paso parece parte de una postal. A esas horas, sobre las siete de la tarde, las calles estaban muy tranquilas.

Para terminar el día, nos acercamos hasta Pontocho, a unos minutos andando del canal de Shirawaka.

Pontocho es una de esas calles que resumen a la perfección la esencia de Kioto. Este estrecho callejón, que discurre junto al río Kamo, pasa casi desapercibido durante el día, pero al caer la noche se transforma en uno de los rincones con más ambiente de la ciudad. Los farolillos se encienden, las fachadas de madera cobran vida y el murmullo de las conversaciones llena el aire.

A lo largo de Pontocho se esconden pequeños restaurantes tradicionales, izakayas y casas de té, muchas con vistas al río.

Como no podía ser de otra forma cenamos aquí. De nuevo, algo de sushi y un poco de carne de Wagyu.

Y así terminamos un nuevo día en Kioto.

Si hay una imagen que todo el mundo conoce de Kioto es esta, la de la pagoda Yasaka. Es una de las estampas más reconocidas de todo Japón y no es para menos.

La pagoda pertenece al templo Hōkan-ji, y como hemos dicho, es probable que la hayas visto mil veces en fotos, asomando entre las callejuelas de Higashiyama, pero creednos: nada se compara con encontrártela en persona.

Como ya sabíamos que desde primera hora de la mañana la zona siempre está abarrotada de gente, decidí madrugar aún más que otros días y en cuanto amaneció me puse en camino. Estábamos alojados muy cerca, así que era solo un paseo de poco más de cinco minutos lo que me separaba de la pagoda. Jesús se uniría más tarde.

Caminar hacia ella es parte del encanto. Las calles empedradas, las casas de madera, las tiendas tradicionales y ese murmullo constante que parece venir de otro siglo crean una atmósfera casi cinematográfica. Andaba deprisa, casi ansiosa. Y de pronto, ahí está: elegante, serena, perfectamente integrada en el paisaje urbano, como si Kioto hubiera crecido alrededor de ella con sumo cuidado.

A pesar de ser muy temprano, ya había gente haciéndose fotos, incluidas varias parejas de novios.

La pagoda, de cinco pisos, data del siglo XV (aunque el templo es aún más antiguo) y se ha convertido en uno de los grandes símbolos de la ciudad. No es la más grande ni la más ostentosa de Japón, pero tiene algo especial: una belleza discreta, casi humilde, que encaja a la perfección con la filosofía japonesa de encontrar lo extraordinario en lo sencillo.

Me fui acercando poco a poco. Y proseguí camino, calle arriba, donde la perspectiva era aún más bonita.

¡Incluso vi un par de peticiones de mano!

Jesús se me unió aquí e hicimos unas cuantas fotos más. Volvimos a esta zona después de visitar Kiyomizu-dera y el cielo estaba más despejado, por eso la diferencia en el cielo de las fotos.

Proseguimos camino hacia el templo de Kyyomizu-dera. Aunque era temprano, ya había mucha gente por todas estas calles. Aunque no sabíamos la dirección, fue muy fácil llegar, ya que todo el mundo iba hacia allí. Pasamos por las calles Sannenzaka y Ninenzaka.

Hay lugares que te dejan sin palabras incluso antes de llegar. Kiyomizu-dera, uno de los templos más emblemáticos de Kioto, es exactamente eso: una mezcla perfecta de espiritualidad, vértigo y belleza que se queda contigo mucho después de la visita.

El camino hasta el templo ya es toda una experiencia a pesar de toda la gente que había. Subir por las calles de Sannenzaka y Ninenzaka, entre tiendas tradicionales, dulces japoneses y olor a incienso, es como avanzar poco a poco hacia otro tiempo. Hay tiendas preciosas en estas calles, llenas de bonitos recuerdos que llevarse a casa.

El templo Kiyomizu-dera fue fundado en el año 778, incluso antes de que Kioto se convirtiera en la capital de Japón. Está dedicado a Kannon, la deidad budista de la compasión, y desde sus orígenes ha sido un lugar de peregrinación muy popular entre la gente común.

A lo largo de los siglos, el templo ha sido destruido y reconstruido en varias ocasiones debido a incendios y desastres naturales. La estructura actual del salón principal (Hondō) data de 1633, durante el período Edo, y es famosa por estar construida sin utilizar clavos, una auténtica proeza de la arquitectura tradicional japonesa.

El nombre Kiyomizu-dera significa ” templo del agua pura “, en referencia a la cascada Otowa, cuyas aguas se consideran sagradas. En 1994, el templo fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, consolidándose como uno de los grandes tesoros históricos y espirituales de Japón.

El complejo es enorme.

Y cuando por fin cruzas la puerta del complejo, entiendes por qué este lugar es tan especial.

Después de una visita rápida por los diferentes edificios del complejo, fuimos hasta las terrazas, que era nuestro máximo propósito: contemplar desde aquí el templo y Kioto al fondo.

Los distintos tonos de rojos no tenían encandilados.

Fuimos caminando hasta la pequeña pagoda que se ve frente a la sala principal del templo (Hondō).

Desde aquí, tenemos vistas de la parte central del complejo. No hay duda de que los japoneses cuidan hasta el más mínimo detalle sus jardines.

Quisimos ir a Seikanji Temple, que estaba a unos minutos andando, pero tras llegar, vimos justo ese día estaba cerrado. A cambio, nos encontramos otro pequeño bosque de bambú en el camino.

Volvimos a la pagoda y desde allí, comenzamos a bajar por unas escaleras y un camino hasta llegar a la parte inferior del templo.

Kiyomizu-dera y su colorido nos encantó. Pena que estuviera hasta arriba de gente.

Nuestra última visita en Kioto fue nada más y nada menos que el Templo Dorado, al que llegamos en un autobús que cogimos a unos metros de nuestro hotel.

Hay lugares que parecen pensados para quedarse grabados en la memoria, y el Kinkaku-ji, el famoso Templo Dorado de Kioto, es uno de ellos. A pesar de estar abarrotado de gente, la verdad es que el entorno es precioso y el reflejo del templo sobre el agua es una preciosidad. Lo visitamos en noviembre, cuando el otoño japonés está en su máximo esplendor.

El primer impacto llega sin previo aviso, porque después de caminar muy poco tiempo por los senderos del recinto, el pabellón aparece reflejado sobre el estanque, cubierto de pan de oro, brillando entre los rojos, naranjas y amarillos de los arces. En ese momento entiendes por qué es uno de los lugares más fotografiados de Japón… y, aun así, ninguna foto le hace justicia.

El templo fue originalmente una villa de descanso del shōgun Ashikaga Yoshimitsu a finales del siglo XIV, y tras su muerte se convirtió en templo zen. El edificio actual es una reconstrucción, pero mantiene intacta esa elegancia serena que parece flotar sobre el agua. Cada planta tiene un estilo arquitectónico diferente, como si resumiera siglos de historia japonesa en un solo edificio.

En noviembre, el contraste es mágico. El dorado del pabellón destaca aún más frente al paisaje otoñal, y el aire fresco invita a caminar despacio, sin prisas. A pesar de ser un lugar muy concurrido, hay momentos en los que el reflejo en el estanque consigue imponer silencio, aunque sea solo por unos segundos.

El recorrido continúa por los jardines tradicionales, perfectamente cuidados, donde cada piedra y cada árbol parecen colocados con intención. Es un paseo breve, pero suficiente para bajar el ritmo y disfrutar del entorno.

Visitar Kinkaku-ji en otoño es una de esas experiencias que resumen un viaje a Japón: belleza, contraste, multitudes y asombro. Un lugar que no solo se ve, sino que se siente, y que en noviembre brilla todavía un poco más.

Y con este templo, dimos por concluidas las visitas en Kioto.

  • Dirección: 1 Kinkakuji-cho, Kita-ku, Kyoto 603-8361, Japón.
  • Horario: Abierto todos los días del año de 09:00 – 17:00 (última entrada suele ser poco antes del cierre).
  • Precio (efectivo):
    • Adultos: 500 JPY.
    • Niños entre 7 y 15 años: 300 JPY.
  • Cómo llegar en transporte público: El templo no tiene estación de tren cercana, así que la forma más fácil es autobús urbano:
    • Desde Estación de Kioto:
      • Toma el autobús urbano Kyoto City Bus: líneas 101 o 205.
      • Baja en la parada “Kinkakuji-michi”.
      • Desde la parada son unos 3-5 minutos a pie hasta la entrada del templo.
      • Duración aproximada del trayecto: 40-50 min desde la estación.
    • Desde la estación de metro Kitaoji:
      • Toma la línea Karasuma (metro) desde el centro de Kioto hasta Kitaoji Station (~13 min).
      • Desde allí, cambia a un autobús urbano (líneas 101, 102, 204 o 205) hasta Kinkakuji-michi (~10 min), luego camina al templo.
    • Dependiendo de cada localización, consultad con google maps, que es lo que hicimos nosotros para ir desde nuestro hotel en Gion.

Regresamos al hotel y salimos a dar un paseo por el barrio de Gion.

Para cenar esa última noche, volvimos a Pontocho, y elegimos un local donde preparaban Otonomiyakis, las “pizzas” japonesas.

Elegimos dos con diferentes ingredientes y nos las prepararon delante nuestro.

Estaban deliciosas.

Y con esta cena, terminamos nuestra estancia en Kioto. Tocaba proseguir el viaje y nuestro siguiente destino era Osaka.

Kioto fue justo lo que imaginábamos… y a la vez mucho más. Templos infinitos, callejuelas tradicionales, santuarios escondidos y esa sensación constante de estar caminando por la historia de Japón.

Sí, es turística. Sí, hay que madrugar. Pero aun así, Kioto tiene algo especial. Si estás organizando tu ruta por Japón, para nosotros es una parada imprescindible. Y si puedes, quédate el tiempo suficiente para vivirla sin prisas. Y levántate pronto, muy pronto, para poder disfrutar al menos de un par de horas de tranquilidad y poder disfrutar casi a solas de alguno de estos increíbles templos o jardines.